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Felis silvestris lybica

Felis silvestris lybica

Desde los albores de la civilización el gato, nuestro pequeño felino compañero de fatigas, lleva encandilándonos con su amplia sinfonía de maullidos y el profundo misterio de sus ojos.   

Los restos arqueológicos encontrados en Chipre, en una tumba funeraria de hace 9500 años, nos enseñaron que el gato también podía compartir con su familiar humano el reposo eterno y ser enterrado junto a él, pasando a la historia como el gato más antiguo conocido.   

Domésticos por iniciativa propia, los primeros gatos encontraron su supervivencia junto a los primeros agricultores hace unos 10 milenios en Oriente próximo, alimentándose con los roedores que pululaban por los graneros. Eran gatos salvajes, de la subespecie Felis silvestris lybica, ancestro de los 600 millones de gatos actuales, que a lo largo de los milenios han conservado sus instintos felinos, adaptándose a un nuevo entorno y a la domesticación.   

Así pues, larga es la trayectoria que el más numeroso de los felinos lleva con nosotros. Como larga ha sido también su presencia en las ciudades y civilizaciones humanas… Y por ende, también en el devenir de la Ciudad Eterna, sugerida por su imagen acuñada en monedas del 500 a.C junto a la de los fundadores de importantes colonias como conocidas hoy como Taranto y Reggio Calabria, y por su presencia muy bien considerada en la Roma Imperial.   

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Gatito en los Foros imperiales

Los egipcios elevaron al gato a la categoría de dios, encarnando a Bastet, cuya misión era proteger el hogar y simbolizaba la alegría de vivir, siendo considerada la deidad de la armonía y la felicidad. Los griegos la asimilaron a su diosa Artemisa, que fue introducida en el Imperio Romano, identificándose con la diosa Isis, reforzando su culto al gato.   

En la Edad Media, el gato era asociado con los herejes, las brujas y los demonios, y durante mucho tiempo el gato fue quemado en la hoguera de las brujas, sacrificado en los rituales y torturado. Pero como tras la tempestad, siempre llega la calma, ya en el Renacimiento, el gato fue revaluado por la Iglesia y fue recuperando su lugar en el mundo.   

Actualmente existen cerca de 300000 gatos en la Ciudad Eterna, en unas 2000 colonias, protegidas desde el año 2001, por la Junta Municipal del centro histórico de Roma que los declaró Patrimonio Biocultural de la ciudad, expresando que “dada la simbiosis entre gato y monumento, visto el gran interés turístico manifestado en la cantidad de solicitudes de adopciones internacionales a distancia, con este acuerdo no hacemos sino reconocer al gato como un bien propio de la ‘Ciudad Eterna’ por su valor educativo, social y turístico”. DEIA (13 de diciembre de 2001). De esta forma, en aras de la larga amistad que une al pequeño felino con las calles y ruinas de la Ciudad Eterna, los romanos salvaron la herencia y la riqueza de matiz vital que aporta el denominado “Felinus romanus”, que contempla majestuoso, las inmemoriales ruinas de Roma.   

Gato de la colonia de la Pirámide

Gato de la colonia de la Pirámide

Las colonias son cuidadas por voluntarias amantes de los felinos, conocidos como gattare, que han fundado varios santuarios felinos a lo largo de la ciudad. Una de los más famosos se encuentra a  la sombra de la Torre Argentina, un santuario felino situado  junto al lugar donde el emperador Julio César fue asesinado. Este lugar, que contiene algunos de los templos más antiguos de Roma, fue excavado en 1929, dejando un área protegida bajo el nivel de la acera, al que se trasladaron los mininos. Y tras ellos, los gattare.  A ella se dirigía todas las mañanas para alimentar a sus queridos mininos la más famosa de los gattare, la gran actriz italiana Anna Magnani, premiada con un Óscar de la Academia por su interpretación en La rosa tatuada, junto al inolvidable Burt Lancaster.   

Posteriormente, en 1994 se fundó como tal el Santuario, en la caverna excavada, que fue usado como refugio nocturno y almacén de alimento para los gatos. Las donaciones y las visitas turísticas permitieron no sólo alimentar a los felinos, sino también proporcionarles asistencia veterinaria y esterilizaciones, ya que son muchos los gatos que llegan al Santuario en muy malas condiciones al ser víctimas de accidentes o maltratos.   

El foro de Trajano, el Coliseo, el cementerio protestante, donde reposan los poetas ingleses Keats y Shelly, a la sombra de la gran Pirámide mausoleo del rico magistrado Caius Cestius, tienen también colonias felinas atendidas por voluntarios. Allí los gatos son conocidos como “guardianes de los muertos”.   

De las andanzas y presencia de los ciudadanos felinos de Roma se han hecho eco autores de la talla del uruguayo José Enrique Rodó, que en su estancia en Roma dejaba testimonio (Los gatos del Foro Trajano en Ciudadano de Roma, 1917),   

Columna de Trajano

La primera vez que pasé junto al Foro Trajano, ya casi entrada la noche, y me asomé a la oscura hondonada, vi deslizarse, entre las rotas piedras y las matas de pasto, una sombra fugaz. A esta sombra siguieron otras y otras, en varias direcciones. Luego advertí que con aquellas cosas pasajeras solían correr unas extrañas lucecillas.   

¿Almas de tribunos, de mártires, de héroes, como las que en este venerado suelo de Roma han de reconocer un despojo de su vestidura corporal en cada grano de polvo, en cada hilo de hierba?…   

Volví a pasar de día, y las sombras me revelaron su secreto.   

El ruinoso Foro está poblado de gatos. Allí ha puesto su cuartel general, su concilio ecuménico, su populosa metrópoli, la que llamó Quevedo “la gente de la uña”.   

Los hay de todas pintas, barcinos y atigrados, amarillos y grises, blancos y negros. En los cuadros de sol, sobre la fresca hierba, disfrutan, con envidiable e indolente placidez, su dicha de vivir ya gravemente sentados, ya tendiéndose en esas actitudes inverosímiles y absurdas con que encantaban a Teófilo Gautier.   

Uno, negro como la tinta, inmóvil, sobre una tronchada columna que le forma pedestal, parece una esfinge de ébano.   

Micifuz se relame sobre un derribado capitel.   

Zapirón remeda, rascándose “la pata coja de Mefistófeles”.   

Zapaquilda amamanta a sus bebés en el hueco de dos piedras donde ha tendido el césped blanco tálamo.   

Ignoro si el problema económico de esta comunidad se resuelve mediante la protección del vecindario, o si ella vive de su propia industria con la libre caza de sabandijas; pero observo que todos los asociados están gordos y lucios y que el rayo del sol arranca de los esponjados pelambres reflejos, ya de oro, ya de azabache, ya de nieve.   

El poeta Rafael Alberti, que vivió en su exilio romano en el barrio de Trastevere, dejaba fe de la necesidad de su presencia (Gatos, gatos y más gatos, La arboleda perdida,1959-1987),   

Un gato, salido de no se sabe dónde, rayo con pelos, atraviesa entre los automóviles la Via Garibaldi, perdiéndose por la de La Scala.   

Ilustración de Alberti para "Gatos, gatos y más gatos"

Es el primer gato que veo en el barrio, pues aun en la noche casi ninguno hace ahora su aparición entre los restos de comidas arrojados por las trattorias y restaurantes.  

Repito y compruebo la desaparición alarmante de los gatos en Roma. Antes, bajo la ventana de mi cocina, desde la que se ve una oleada rítmica, y en que diferentes planos, de pálidos tejados maravillosos, dábamos de comer todos los días a más de 20 gatos de todas las edades y tamaños.   

(…) ¿Qué será de Roma sin sus gatos? Creo que a cada habitante de la Santa Urbe le corresponden no sé cuántas docenas de ratas. Desde hace tiempo, durante mis últimas y breves permanencias en Roma, me he soñado comido por las ratas, anidadas las cuencas de los ojos de los ratones.   

Yo miro y miro ahora desde la ventana de mi cocina y sólo veo siempre esa alta oleada de tejados inmóviles, sin aquella atropellada gracia de los gatos que corrían saltando, audaces, sin peligro, de las cornisas a los balcones al filo de las terrazas, para tomar su puesto a la hora de la comida.   

¿En donde se hallan hoy? ¿A donde se llevaron a todos aquellos decorativos y maravillosos que poblaban el Foro Republicano, en el centro de Roma, coronando columnas y capiteles, sentados sobre los pórticos caídos, entre la maleza de todo aquel embarandado recinto, desde donde la gente de la calle y los asombrados turistas contemplaban cómo, sobre todo las caritativas ancianas, los alimentaban, llenas de ternura y devoción, tirándoles atinadamente la comida?   

Me dijeron que a muchos los habían llevado al Teatro Marcello, pero allí no pude notar que hubiesen aumentado, sino que estaban los de siempre, algunos enfermos de los ojos, y recibiendo el alimento diario de mano de sus protectoras ancianas”.    

De Roma y sus felinos, de gattaras y poetas habla también un precioso y entrañable artículo que conservo desde hace muchos años, escrito por la bien conocida por todos y gran periodista Paloma Gómez Borrero, para el periódico ABC. Por obra y milagro de la informática, revelado en forma de página web, la vasta hemeroteca del periódico me permitirá conservarlo en digital, y de paso poder presentarlo a quienes no lo conozcan y deleitarse de nuevo a quienes lo leyeron en su día.   

KABIR ES UN GATO NEGRO   

(por Paloma Gómez Borrero,  ABC, 26 junio 1996

El egipcio fue sin duda el pueblo que más respeto y veneración sintió por los gatos; en algunas tumbas de los Faraones se encuentran los cuerpos de los felinos perfectamente embalsamados y están incluso representados en las pinturas que decoran las paredes, personificados como divinidades.

Paloma Gómez Borrero

En Italia, sobre todo en Roma, el amor por estos animales es tan extraordinario que existe una categoría de ciudadanos, definidos “gattaros” que se dedican a mimarles y cuidarles con esmero.

Una de las más ilustres “gattaras” era la actriz Anna Magnani que tenía a su cargo un grupo de gatos vagabundos de su barrio en el centro de Roma. Anna Magnani vivía en un palacio del Renacimiento a dos pasos de la plaza Venecia y cada mañana se acercaba a la vecina plaza Argentina, donde entre las célebres ruinas del tiempo de Cicerón, habitaban los gatos a los que alimentaba diariamente.

Las “gattaras” romanas son cariñosas, entrañables y simpáticas y según las posibilidades económicas, así tratan a sus amadísimos hijos gatunos; otras les llevan leche que les suministran en cuencos pequeños e individuales y no faltan las que les reparten comidas prefabricadas porque contienen vitaminas… A pesar de ser vagabundos o callejeros, los gatos las reconocen y se acercan sólo a “su gattara”; entre los dos se instaura lo que los americanos definen como “feeling”. 

Anna Magnani

He querido hacer esta introducción para hablarles de Beatriz Amposta, si bien, Beatriz rechaza de plano que la definan como “gattara” y precisa que es “psicobióloga gatófila”. Ha pasado seis años estudiando ratas y ratones con el premio Nobel Daniel Bovet, y quizá por contraste, o como complemento de su especialización, pasó a estudiar el comportamiento de los gatos. 

Desde muy niña, a Beatriz le encantaban todos los animales; una pasión que había heredado de sus padres, el crítico de arte catalán, Ramón Amposta, y Sadda, su madre, experta en antigüedades.

En su casa de Barcelona llegaron a tener ¡trece perros! “La casa, cuenta siempre Beatriz, parecía un parque zoológico”, crió pájaros, lagartos, hasta tuvo una familia de sanguijuelas de alta montaña, que son ejemplares rarísimos y muy difíciles de reproducirse en cautividad.

Beatriz, con su aire de favorita de un sultán o de princesa “sioux”, me explica “que logró que se adaptaran al hogar pero después de dos años, como seguían al pie de la letra lo de “creced y multiplicaos” no tuvo más remedio que devolver el centenar de sanguijuelas a su hábitat en el Pirineo”.

Gato trasteverino

A Italia Beatriz llegó cuando acababa de cumplir veintidós años; dos meses después de terminar la carrera de Biología en la Universidad de Barcelona. Le habían concedido una beca y Roma, la Roma mágica, paraíso de gatos y caminantes, la conquistó y enamoró; Rafael Alberti fue su amor, y una rata “intelectual” la culpable de que abriera las puertas de su casa en el típico barrio de Trastevere a Kabir, el primer gato de una saga que hoy cuenta con un número impreciso de descendientes…

Beatriz un día, me comentó con orgullo “que he logrado una cepa de gatos siameses y de gatos europeos enanos; son preciosos y del tamaño de un gatito de tres meses”.

Vicolo del Bologna

El negro Kabir entró en casa de Alberti para defender de una enorme rata gris oscuro el patrimonio artístico-literario del poeta gaditano. La rata se introducía en el despacho por uno de esos infinitos agujeros de los viejos palacios romanos y se dedicaba a roer con pasión los poemas maravillosos, los estupendos dibujos, las cartas y los apuntes de Rafael Alberti. No hubo más remedio que ir en busca de un gato callejero, fuerte y valiente que se enfrentara a la rata ladrona e impidiera la destrucción del importante patrimonio. 

Kabir, le inspiró a Rafael Alberti una preciosa balada, tan original y hermosa que pensó en componer una “gatomaquia”. Fue una lástima que no llegara a hacerla… Se ha quedado en este “prólogo”, inédito, que Beatriz conserva como un tesoro. Es un poema que deja entrever un sentimiento de amor y celos por ese bellísimo gato trasteverino. 

Kabir es un gato negro 

con un lucero en la cola 

que enamoró a Beatriz 

perdida en su cuarto sola. 

Todas las noches Kabir 

penetra por la ventana 

en busca de Beatriz, 

su linda flor catalana… 

Nunca se vio tanto amor 

en un gatito romano 

él le da la pata, y ella 

dormida, le da la mano. 

Ronroneando Kabir, 

se marcha de madrugada 

para volver en la noche 

a ver a su enamorada. 

La larga balada termina, cuando en Roma cae la noche: 

Y allí con su Beatriz 

dirá a la luz de la luna: 

No hubo gato más feliz 

en toda la grey gatuna. 

Al igual que en los cuentos, el gato Kabir tuvo muchos hijos, descendientes que han ido conquistando las calles de la Ciudad Eterna. 

En 1979 el negro Kabir, en el cuarto aniversario de su nacimiento, murió. Beatriz le lloró y sigue llorándole. 

Rafael Alberti le escribió unos poemas que destilaban tristeza… 

Kabir está enterrado en una gigantesca maceta de helechos en su estudio de Vicolo del Bologna, en el corazón del barrio de Trastevere.  

4 Responses to “De gatos y caminantes”

  1. Alice dice:

    es tan hermoso todo, yo aún de luto… Mi gordito, mi felino, la luz de mis ojos, mi conciencia… Envenenado por gente egoista de su felicidad. Quien miraba sus brillantes ojos verdes, con ese pelaje negro como la sombra, siempre me dicia “no es normal, este gatito es diferente…” yo les respondia “claro que si, es umbra, el guardian de mi corazon, quien encontro mi alma perdida, mi luz, mi compania…
    ahora estoy muy triste… Cuanto faltara para volver a encontrarme con mi angel???

  2. Lo siento muchísimo, Alice… te acompaño en tu dolor, al igual seguro que muchos amantes de los animales que sabemos lo importantes que son y cuanto se les llega a querer…

    Ellos tan puros, tan inocentes, tan buenos, no entienden de egoísmos ni maldad… cuanto tenemos que aprender de ellos !!

    Tu ángel te estará esperando siempre, más allá del puente del arco iris, en el eterno infinito, donde el espíritu vive pleno…

  3. Hugo Sosa dice:

    Te felicito por el blog. Una sola corrección, soy uruguayo y donde dice José Enrique Godó, debe decir José Enrique Rodó. hu

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