Una de las piedras angulares del periodo 1931-1939 fue sin lugar a dudas el trato recibido por la iglesia Católica, que muchos tacharon de persecución, poco más que a niveles de la antigua Roma (incluyendo a la Santa Sede en esta opinión).
Yo voy a intentar ser lo más imparcial posible, y como en toda disciplina humanística todo es discutible y depende mucho del punto de vista del autor, del lector, y sobre todo de los datos que uno posea.
El controvertido artículo 26
Muchos dicen que el artículo 26 de la constitución de 1931 abrió el camino legal al bandidaje que ya existía para con los bienes de la iglesia, recordemos la quema de iglesias, conventos y desmanes que sufrió la iglesia sin que al parecer, el estado y las fuerza de seguridad pudieran hacer nada, o por lo menos no lo suficiente, como para apagar estos focos de pillaje.
El artículo 26 viene a decir esto:
Todas las confesiones religiosas serán consideradas como asociaciones sometidas a una ley especial. El estado, las regiones, las provincias y los municipios no mantendrán, favorecerán, ni auxiliarán económicamente a las Iglesias, Asociaciones e Instituciones religiosas.
Una ley especial regulará la total extinción, en un plazo máximo de 2 años, del presupuesto del clero.
Quedarán disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los 3 votos canónicos, otro especial de obediencia ala autoridad distinta de la legítima del estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes.
Las demás órdenes religiosas se someterán a una ley especial votada por estas cortes constituyentes y ajustadas a las siguientes bases:
- Disolución de las que por sus actividades constituyan un peligro para la seguridad del estado.
- Inscripción de las que deban subsistir, en un registro especial del ministerio de justicia.
- Incapacidad de adquirir o conservar, por si o por persona interpuesta, más bienes que los que, previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos.
- Prohibición de ejercer la industria del comercio y la enseñanza.
- Sumisión a todas las leyes tributarias del país.
- Obligación de rendir anualmente cuentas al estado de la inversión de sus bienes en relación con los fines de la asociación.
Los bienes de la Iglesia podrán ser nacionalizados.
Este artículo, venia un poco a intentar apoyar el artículo 3 donde decía que el estado no tienen religión oficial, es decir disfrutábamos de un estado laico a todas luces, entonces ¿Por qué la iglesia católica se sintió especialmente perseguida que hasta los Nacionales llamaron a la Guerra Civil Cruzada? Y sobre todo ¿está justificada esta opinión?
Lo que nadie puede negar son la quema de iglesias en Mayo de 1931, y para ello me voy a permitir no a copiar de un libro de historia, sino documentación extraida de los periódicos de la época y escrita por el gran periodista Josep Pla:
Sensación de euforia general
Domingo 10 de mayo. Apertura de la válvula (…)
De madrugada ya clareaba y la gente tiene una blancura fosfórica en la cara, sin saber muy bien de dónde viene, surge una palabra que cubre rapidísimamente la Puerta del Sol. «¡Los conventos! ¡Los conventos!» se oye decir. Son las tres y media. En un primer momento los grupos no saben qué hacer. Por dónde hay que empezar.
Los grupos enfilan lentamente por las calles adyacentes. La gente que queda parece muy cansada. Pasadas las cuatro, en la plaza queda poca gente. Los timbres del Ministerio -en el silencio relativo, que aumenta- se oyen desde la calle. Después oiría decir que fue en ese momento cuando se les comunicó a algunas órdenes religiosas que el Gobierno no podía darles seguridades. ¿Es cierta la información? ¿Es interesada? No lo sé. Los jesuitas tienen un convento, que llaman de la Flor, en el tercer tramo de la Gran Vía. Me aseguran que los jesuitas del convento de la Flor dicen la última misa a las ocho de la mañana. A las nueve, el edificio quedó, en gran parte, abandonado. Lunes 11. La quema de los conventos.
Sale la primera bocanada de humo por el rosetón de la iglesia del convento de los jesuitas de la Flor. Ese establecimiento no está muy lejos de la pensión en la que vivo. La señora de la casa me grita descompuesta y alterada y me invita a subir a ver el fuego desde la azotea. Arriba en la azotea hay bastante gente. Un orador trata de informar a los que nos encontramos en el lugar. Debe ser -sospecho- un inquilino de la casa. Según ese ciudadano, una docena de críos, tres o cuatro descamisados, dos o tres furias, lo han hecho todo. Con unos tablones que había en la Gran Vía han derribado una ventana baja. Ya dentro de la iglesia, han hecho un montón con sillas y bancos, que han rociado de petróleo, y todo ha prendido como la paja. Detrás del rosetón de la iglesia se ve una larga llama, altísima, que se estremece y llega hasta el techo. Afuera, en la Gran Vía, la guardia civil a caballo, mano sobre mano, pasa el rato fumando cigarros a escondidas. Ante el incendio, la reacción de la gente es realmente curiosa.
Poco después de haberse iniciado el fuego, se acerca por ambos tramos de la Gran Vía una riada de gente que viene sin duda a contemplarlo. Las azoteas cercanas están llenas de gente. En la nuestra, la gente comenta el hecho como si tal cosa. Una nube de vendedores ambulantes se ha colocado muy cerca de la acera del convento previendo que una gran muchedumbre desfilaría ante la popularísima iglesia mientras se quema. De esta manera, una parte de los madrileños ha podido contemplar el espectáculo comiendo churros, buñuelos y esos helados que aquí se llaman polos. También se ofrecen cordones de zapatos, tres corbatas por una peseta, gomas para llevar bien sujeto el varillaje de los paraguas, matasuegras, romances de cordel, retratos de Galán y García Hernández y no sé cuántas cosas más.
Es curioso realmente ver al pueblo de Madrid con un churro en la boca, los ojos llenos de curiosidad, una sonrisa de fiesta en la cara, mirando cómo sale la humareda del convento. De vez en cuando, se oye el estrépito de un techo que se hunde, con gran estruendo, levantando una nube de polvo y de humo. La gente se mira entonces con una especia de sombra de terror extraño. La gente se quita de encima como puede el remordimiento por la quema. A veces parece que la gente se olvida observando que el día es espléndido, que no se mueve ni una brizna de viento. A veces, en Castilla, se dan días así: estáticos, encantados, inmóviles. Realmente, el día es ideal para quemar conventos sin drama, viendo cómo las columnas de humo siguen una admirable verticalidad, que parece a propósito. Pensando en los estragos que habría podido producir de haber hecho viento, la calma de aire parece una concesión humanitaria -casi diría providencial- para estos incendios.
Una gran parte de la población de Madrid desfila mientras tanto por la Gran Vía. Los vendedores hacen su agosto. Una fila de ciudadanos, apoyados en la pared, aprovechan el tiempo y se hacen limpiar los zapatos. Durante muchas horas, no ha habido en Madrid mejor distracción que la quema de los conventos. Sería un error, sin embargo, creer que todo el mundo la ha visto igualmente. Muchos ciudadanos la han contemplado con caras largas y tristes. No sé si resignados. Casi me atrevería a decir que el terrible desatino ha agradado muy poco en Madrid, por no decir ni pizca -quiero decir entre las personas conscientes- (…).
Viernes 15.
En la semana de la quema de conventos ha habido en Madrid cuatro corridas de toros en la plaza grande y una o dos corridas de novillos en la plaza de Tetuán. Todo ha ido admirablemente. Mucha gente. En este país se puede producir cualquier cosa, incluso muy grave, el acontecimiento más sensacional, uno de esos acontecimientos que en otro país preocupan durante mucho tiempo, y, al poco de haberse producido, una buena parte de la gente adopta un aire, primero de suficiencia, después de indiferencia real o fingida, finalmente se acaba comentando el último chiste con más éxito en el momento.
No creo que exista en el mundo imaginación suficiente para describir las dimensiones que tendría que tener una desgracia o simplemente un hecho para llegarnos a interesar seriamente unos minutos seguidos. Lo único que nos interesa realmente es la sensación momentánea, el instante instantáneo e inmediato. Contemplaríamos, probablemente, un hundimiento de gran volumen con una impavidez majadera, si encontrábamos que el espectáculo era suficientemente cómodo y divertido.
(…) A medida que han ido pasando las horas después de la quema, Madrid, quiero decir el centro de la ciudad, parece haberse entristecido un poco. He oído decir a mucha gente que se había acabado la luna de miel de la República. Esa historia de los conventos ha hecho reflexionar a mucha gente. «¿Dónde va la República?», se pregunta. Reflexionar sobre una cosa tan complicada como es la política siempre resulta embarazoso. Sea como fuere, la primavera de Madrid es magnífica (…) La quema de los conventos ha sido un espectáculo que no se ve todos los días, y este pueblo paladea las novedades. Por si la variedad no fuera muy fuerte, acaban de suspender las garantías constitucionales. «¡No busquemos tres pies al gato!», dice la gente. «Mañana será otro día y lo que fuere sonará».
CONTINUARÁ…




















